Llega el Derby y por poco tiempo nos olvidamos del proximo entrenador

Menos mal que está el derby, se podría aventurar. Una inyección de pura adrenalina para sobrevivir al aburrimiento de los “dicen”, los “está ahí” y los “podría ser” utilizados sin parsimonia por los de adentro y el despecho para adivinar el nombre del próximo entrenador de la Roma, como se escribe en Il Corriere della Sera, un pasatiempo imbatible de abril transformado poco a poco en una charla infinita y estéril, gracias a la incertidumbre convertida en certeza.

La estrategia de comunicación de Casa Friedkin, después de todo, no es comunicar. Es por eso que todo sigue pareciendo posible en torno a la historia que ha sido noticia, con los mejores y los peores del grupo caminando del brazo, guiñándose el ojo con satisfacción. “La elección está muy reñida”, declaró el otro día Claudio Ranieri. Lo cual, traducido, significa: ya hemos elegido. Sin embargo, nunca des nada por sentado cuando se trata de los silencios de los Friedkins. Incluso se llega a la tesis de que el buen nombre no lo hizo él sino otro (léase Ghisolfi). Lo cual, si fuese cierto (e incluso si fuese lo contrario), daría lugar a una emotiva despedida al final de la temporada. Por supuesto que está bien. Gracias a Dios que existe el derby. Tal vez.