Tras la derrota frente al Lille, el equipo de Gasperini no quiere dar pie a fantasmas
La derrota frente al Lille golpeó con fuerza a la Roma. No fue solo un tropiezo en la Europa League: fue un partido que dejó al descubierto las carencias de un equipo que, pese a estar en la parte alta de la clasificación en la Serie A junto a Milan y Napoli, muestra fragilidades que preocupan, tal y como escribe Uno Trani, de Corriere Della Será.
El 0-1 en el Olímpico evidenció una tendencia peligrosa: la Roma ya suma dos derrotas en casa sin marcar un solo gol. En un estadio que debería ser fortaleza, se transformó en un terreno de dudas. El contraste con el Atalanta de Gasperini es inevitable: el conjunto bergamasco, con titulares o suplentes, no perdía identidad y mantenía un estilo agresivo. Los giallorossi, en cambio, parecen arriesgar sin convicción, exponiéndose a contragolpes sin generar verdadero peligro ofensivo.
Las áreas reflejan mejor que nada la situación. Mile Svilar volvió a ser el mejor del equipo, evitando que la derrota fuese aún más amplia. Pero en la delantera, el panorama es desolador: solo un gol de los delanteros centros en toda la temporada y, para colmo, Dovbyk erró dos penales que pudieron cambiar el destino del partido. La falta de eficacia es un lastre que condiciona todo el proyecto de De Rossi.
El técnico intentó mover fichas. Frente al Lille apostó por cuatro caras nuevas de inicio respecto a la victoria frente al Hellas —Wesley, El Aynaoui, Tsimikas y Ferguson—, pero la rotación no dio frutos. El equipo se vio descompensado, sin automatismos claros y carente de chispa para crear ocasiones. La apuesta por gestionar la plantilla con amplitud parece chocar con una realidad contundente: el grupo es corto para competir en dos frentes.
La Roma llega a octubre instalada en la contradicción. En la Serie A está en la cima, pero la derrota europea le recuerda que todavía no es un equipo hecho.

