Cambiar sin cambiar: la paradoja que define el momento de la Roma
En el fútbol, como en la literatura, hay frases que atraviesan el tiempo porque describen verdades incómodas, escribe hoy Samuele Valdarchi, de Il Romanista. “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en Il Gattopardo. Una idea que parece encajar perfectamente en el presente de la Roma bajo la propiedad de la familia Dan Friedkin.
En los últimos días, esa filosofía ha cobrado forma en una reunión clave celebrada en Trigoria, en la que participaron el propio Friedkin —a distancia— junto a Ryan Friedkin, además de las figuras centrales del proyecto deportivo: Gian Piero Gasperini, Claudio Ranieri y Frederic Massara. El encuentro llegó apenas un día después de la eliminación en la Europa League, un golpe que obligaba a reflexionar, pero no necesariamente a revolucionar.
Continuidad con matices
El mensaje de la propiedad fue claro: no habrá cambios estructurales. Ni el entrenador ni la dirección deportiva están en entredicho. Sin embargo, esa continuidad no implica conformismo. Al contrario, se exige una mejora tangible en rendimiento, cohesión y gestión interna.
Es aquí donde surge la paradoja: mantener el mismo proyecto, pero modificar las dinámicas que lo sostienen. La Roma no quiere romper con su hoja de ruta, pero sí ajustar los comportamientos que han generado fricciones dentro del llamado “triángulo” de poder deportivo.
Gasperini: brillante en el campo, contenido fuera de él
La valoración sobre Gasperini es dual. La propiedad reconoce el impacto positivo de su trabajo técnico en su primera etapa en el club: identidad de juego, competitividad y evolución táctica. Sin embargo, fuera del terreno de juego, su perfil genera más dudas.
El técnico ha sido invitado —de manera explícita— a moderar su discurso público y rebajar la tensión en sus intervenciones. Un ajuste que, al menos recientemente, parece haber asumido, optando por un perfil más discreto tras los últimos partidos.
Ranieri: el garante necesario
En este contexto, la figura de Ranieri adquiere un peso estratégico. Más allá de su rol formal como asesor, el club considera que debe ejercer como elemento estabilizador. Su experiencia y ascendencia le convierten en el candidato ideal para mediar en conflictos internos y reforzar la unidad.
Se espera de él una presencia más activa, tanto en el día a día en Trigoria como en el acompañamiento del equipo. No por obligación contractual, sino por necesidad estructural: la Roma necesita una figura que actúe como garante del proyecto, tanto hacia dentro como hacia fuera, especialmente en momentos de tensión institucional o arbitral.
Massara: integración pendiente
Por su parte, Massara mantiene la confianza del club, pero con un margen claro de mejora en su relación con el entrenador. Las diferencias de carácter y enfoque han sido evidentes, y la exigencia ahora es avanzar hacia una colaboración más fluida y alineada.
Un equilibrio delicado
La conclusión es tan simple como exigente: la Roma no quiere cambiar sus piezas, sino la forma en que estas interactúan. Un reto complejo en cualquier organización, y más aún en un entorno de alta presión como el fútbol de élite.
Porque, al final, la clave no está en cambiar nombres, sino en transformar dinámicas. Y ahí es donde la célebre frase de Lampedusa deja de ser literatura para convertirse en hoja de ruta.


