La huella de Gasperini: cuando el rigor transforma a los futbolistas
El crecimiento de los jugadores bajo la dirección de Gian Piero Gasperini se ha convertido en una constante que, temporada tras temporada, vuelve a sorprender. No tanto a los dirigentes, que ya conocen el método, sino a quienes observan desde fuera y descubren, casi incrédulos, la metamorfosis de ciertos futbolistas.
Basta recordar cómo comenzaron el curso nombres como Celik, Ghilardi y Pisilli para advertir el cambio. Aquellos jugadores dubitativos, aún en proceso de adaptación, parecen hoy versiones completamente distintas de sí mismos. ¿Se trata realmente de otros futbolistas? Quizá no. Tal vez la explicación sea más sencilla: han trabajado mejor, han entendido el mensaje y han respondido al nivel de exigencia que impone el entrenador.
Los números respaldan esta evolución. La Roma lidera la clasificación de goles encajados con apenas 14 tantos recibidos, un dato que ilustra el altísimo rendimiento del equipo en fase defensiva. Pero detrás de esa estadística hay algo más profundo que un simple ajuste táctico: está la filosofía de Gasperini, basada en la responsabilidad individual.
En su sistema no hay refugio posible en el colectivo cuando se comete un error. Cada fallo tiene nombre y apellido. La diferencia con otros modelos defensivos, donde la responsabilidad se diluye en el funcionamiento del bloque, es evidente. Cuando el error es compartido, también lo es la indulgencia. Cuando es individual, la exigencia aumenta. Y con ella, la concentración.
Ese cambio de mentalidad eleva el listón competitivo. Hoy se ve a Ghilardi cerrar con una fiereza que contrasta radicalmente con su versión más blanda de la pretemporada, en aquel amistoso de agosto en Frosinone ante el Neom que dejó una frase para el recuerdo: «¿Pero dónde está Ghilardi?», exclamó entonces Gasperini tras un gol encajado. Aquella pregunta, casi retórica, parecía un toque de atención público. Meses después, la respuesta está sobre el césped.



